¿Sigue valiendo la pena escribir contenido extenso, técnico y analítico? La respuesta es sí, pero…

“Treinta y cinco por ciento de los lectores dedicará menos de 30 segundos a su contenido”.

Esa es la advertencia fría y tajante que ofrecen los datos de comportamiento digital. Pero no es una sorpresa: vivimos en la era del scroll infinito, de los titulares escuetos, de la hiperconectividad crónica.

Una era en la que leer se ha vuelto una actividad de resistencia.

¿Que encontrarás en este análisis?

Numerosos estudios coinciden en que estamos atravesando una crisis de atención sin precedentes. Según datos de Chartbeat, el 35 % de los lectores dedica menos de 30 segundos a un artículo web. La duración promedio de lectura efectiva se sitúa apenas por encima del minuto, y según Nielsen Norman Group, la mayoría de los usuarios abandona las páginas sin haber leído más del 20 % del contenido.

La lectura profunda —esa que requiere tiempo, enfoque y un espacio de silencio cognitivo— está bajo amenaza. No porque haya menos información, sino por lo contrario: vivimos expuestos a un caudal inédito de contenidos que compiten por nuestra atención con formatos cada vez más breves, fragmentarios y sensoriales.

El dopamine loop que proponen TikTok, Instagram Reels y otras plataformas basadas en microvideos ha instalado un nuevo tipo de consumo informativo: rápido, visual, superficial.

Pero este cambio no es solo cultural o generacional. Tiene consecuencias reales y concretas para el periodismo, la investigación y la difusión del conocimiento especializado.

Quienes producimos contenido de largo aliento —artículos, investigaciones, white papers, libros, informes— enfrentamos hoy un dilema doble: cómo seguir generando valor desde la profundidad, sin quedar fuera de las nuevas lógicas de consumo. Y, más aún, cómo lograr que ese contenido sea no solo accedido, sino leído, comprendido y compartido.

Con este artículo propongo un recorrido crítico, sustentado en datos reales y fuentes especializadas, para analizar qué está pasando con la lectura en el entorno digital.

Indagaremos cómo ha cambiado el comportamiento lector, cuáles son las consecuencias concretas en la forma de hacer y distribuir periodismo e investigación, y qué estrategias emergen para resistir o adaptarse sin perder profundidad.

Persona desplazándose por su celular mientras fragmentos de libros y artículos desaparecen en píxeles, simbolizando la pérdida de la lectura profunda

El colapso de la atención:
datos y señales de alerta

La atención es el nuevo bien escaso. El entorno digital actual genera una tensión directa con la lectura profunda. La hiperconectividad no está democratizando el acceso al conocimiento: muchas veces lo trivializa. En lugar de abrirnos a nuevas ideas, nos empuja a una cultura de la inmediatez, del scroll sin fin.

Como señalan diversos especialistas, este consumo fragmentado está atrofiando las rutas neuronales asociadas a la atención sostenida y a la comprensión crítica.

El resultado es un entorno mediático que «parece el equivalente cognitivo del pasillo de la comida basura», como afirma la investigadora Maryanne Wolf. Los hipervínculos interrumpen la linealidad del pensamiento, los formatos extensos se perciben como exigentes o fuera de ritmo, y la lectura crítica pierde terreno frente al consumo visual.

La pandemia aceleró este proceso. La digitalización de casi todas las esferas de la vida multiplicó la exposición a pantallas, consolidando nuevos hábitos de consumo informativo. Según informes recientes, la mayoría de los jóvenes accede a las noticias desde redes sociales y prefiere formatos audiovisuales cortos. En 2021, una encuesta interna de TikTok reveló que casi el 50 % de sus usuarios consideraban estresantes los videos de más de 60 segundos, reflejando el nivel de intolerancia actual hacia los contenidos largos.

Pero el problema no es solo de formato. Es estructural. Los modelos de negocio también han cambiado: las métricas de clics, vistas y engagement reemplazaron a los indicadores de impacto real. Y esto afecta directamente a qué tipo de contenido se prioriza, promueve y financia.

Este es el contexto en el que periodistas, medios especializados, investigadores y divulgadores deben operar. Y entender sus lógicas es el primer paso para pensar cómo (re)construir el valor de la lectura.

El nuevo orden del contenido:
qué se prioriza, qué se pierde

La lógica de distribución del contenido en la era digital se ha reconfigurado por completo. La atención se ha vuelto un recurso comercializable, y lo que no captura clics o retención inmediata pierde prioridad, visibilidad y financiamiento.

Los algoritmos no leen: contabilizan. Y por eso, privilegian los formatos que maximizan la interacción rápida —títulos diseñados como anzuelos, frases cortas, elementos visuales, listas, botones— en detrimento de los que requieren tiempo y profundidad. Esto afecta especialmente al contenido largo, especializado o técnico, tanto en medios como en industrias productoras de conocimiento profesional.

Los datos apuntan con preocupación hacia una lógica cada vez más acrítica de visibilidad. En el informe Changing Newsrooms 2023 del Reuters Institute, se documenta cómo muchas salas de redacción enfrentan crecientes presiones por métricas como clics, retención breve y visibilidad instantánea, lo que limita la producción y promoción de contenidos largos y especializados.

Esta tendencia se replica en otros entornos. En el caso de los white papers técnicos, informes de industria o publicaciones académicas, el patrón se repite con matices. Los contenidos más densos suelen recibir menor visibilidad, escasa promoción, y rara vez encuentran un canal de distribución adaptado a los hábitos de lectura actuales.

El problema no es solo el contenido en sí, sino su empaquetado y circulación. Diversos análisis del INMA (International News Media Association) advierten que, aunque muchos medios afirman ser “mobile-first”, en la práctica continúan diseñando sus productos para escritorio y adaptándolos después al móvil. Esta desconexión impacta directamente en la circulación de contenidos extensos, que rara vez se presentan en formatos interactivos o visualmente adaptados al entorno digital.

A esto se suma un segundo problema: el desplazamiento de los canales tradicionales. Publicaciones en PDF, boletines, revistas técnicas y repositorios académicos van perdiendo relevancia frente a plataformas que privilegian lo visual, breve y compartible. En ese escenario, la profundidad se percibe como fricción: un obstáculo para la navegación.

Lo que está en juego no es solo la lectura, sino el lugar que ocupan el análisis, la especialización y la construcción de conocimiento en nuestras sociedades. Porque cuando lo complejo no encuentra espacio, no se silencia el ruido: se silencia la comprensión.

Como plantea la socióloga Sherry Turkle en sus investigaciones sobre tecnología y subjetividad, la hiperconectividad digital está debilitando nuestra capacidad para sostener ideas complejas en el tiempo. En lugar de propiciar entornos de reflexión, las plataformas tienden a fragmentar la atención y acelerar el consumo, erosionando los procesos que permiten pensar con profundidad.

Esta advertencia cobra particular relevancia cuando analizamos el desplazamiento de los formatos largos o especializados: no se trata solo de adaptar el contenido al entorno, sino de preservar las condiciones que hacen posible la comprensión profunda y transformadora.

Comparativa visual entre una pantalla caótica llena de estímulos y un libro olvidado, representando la transición del lector moderno

Redes, retención y reducción:
el viaje del contenido profundo hacia su versión mínima

En el ecosistema digital actual, el contenido ya no circula en su forma original, sino en versiones fragmentadas, reducidas o visualmente atractivas que puedan competir por la atención. Esta lógica de circulación afecta no solo a medios periodísticos, sino también a informes técnicos, papers, investigaciones académicas o white papers corporativos.

En redes sociales, los contenidos largos suelen condensarse en un reel, un post, un extracto visual o una frase destacada. En estos entornos, no se premia la profundidad, sino la capacidad de captar atención en pocos segundos. Así, un artículo extenso puede ser citado por una línea, un informe técnico por una imagen, y un paper completo puede desaparecer detrás de una infografía que simplifica sus hallazgos.

El contenido especializado, entonces, comienza a operar como teaser de sí mismo. Y esto genera un nuevo tipo de brecha: la que existe entre el conocimiento disponible y el efectivamente leído, comprendido y utilizado.

La reducción no es en sí negativa —sintetizar es necesario—, pero sí lo es cuando se convierte en el modo principal de circulación, sin alternativas que garanticen la lectura en profundidad. En este entorno, el contenido más valioso puede ser también el menos visible, el menos compartido, el menos leído.

Este fenómeno no afecta solo a los medios. Las empresas B2B, instituciones académicas y organizaciones que publican conocimiento técnico o especializado enfrentan el mismo dilema: sus publicaciones no están pensadas para circular en un entorno que demanda inmediatez y formato visual. El contenido existe, pero no encuentra espacio.

Como resultado, la profundidad se convierte en fricción digital. Y lo que no fluye, no se ve.

El espejismo del contenido compartido:
lo que se ve, no siempre se lee

Un análisis de más de 35 millones de publicaciones en Facebook reveló que alrededor del 75 % de los enlaces compartidos no fueron clickeados por quienes los compartieron. Es decir, tres de cada cuatro contenidos circularon sin ser leídos siquiera por quienes los difundieron.

Esto expone una paradoja central: la visibilidad no implica lectura, y el acto de compartir se ha disociado del acto de comprender. El contenido se convierte en artefacto performativo: se muestra, se etiqueta, se reacciona. Pero cada vez más, se omite leer.

Desde las redes sociales, las métricas generan una ilusión de impacto. Likes, retuits, vistas y compartidos construyen la apariencia de éxito. Pero muchas veces se viraliza un título, una imagen o una emoción, no una idea reflexiva.

Y esto tiene consecuencias. Cuando la lectura real se vuelve excepción, y la validación social reemplaza a la comprensión, el contenido pierde su poder transformador. Se convierte en marcador de consumo. Algo que “se muestra”, pero no necesariamente se incorpora ni se piensa. La lógica de lo compartible puede privilegiar la polarización, la simplificación o la espectacularización por encima del análisis riguroso (¿no nos suena familiar?)

Así, el contenido especializado —aquel que requiere tiempo, atención y profundidad— enfrenta un desafío existencial: justificar su existencia en un entorno que premia lo inmediato.

Si el contenido no circula, no existe. Pero si circula sin ser leído, ¿qué tipo de existencia tiene?

Artículo largo cortado en fragmentos estilo redes sociales, intervenido por un algoritmo invisible. Representa la reducción del contenido

¿Se lee hasta el final?
métricas invisibles, lecturas parciales y la ilusión de comprensión

En la era del scroll, leer no siempre significa comprender. Y terminar un artículo no siempre implica haberlo leído. Entre el click inicial y el cierre de pestaña, se despliega un terreno difícil de rastrear: el del consumo incompleto, la atención fragmentada y una falsa sensación de haber comprendido un contenido cuando apenas se lo recorrió.

Aunque las métricas como el tiempo de permanencia o la tasa de rebote aportan pistas sobre la interacción de los usuarios con contenidos extensos, no alcanzan para dimensionar hasta qué punto se completa una lectura. El indicador más cercano es el scroll-depth, que mide qué porcentaje de una página fue efectivamente recorrida. Este dato —que puede capturarse mediante herramientas como Google Analytics 4, Microsoft Clarity o Hotjar— permite inferir cuántos usuarios llegaron al final del contenido, dónde se detuvo su atención, o qué secciones fueron ignoradas sistemáticamente.

Además, los mapas de calor y las grabaciones de sesiones (como las que ofrece Clarity o Crazy Egg) revelan comportamientos visuales: zonas de clics, momentos de aceleración del scroll, y puntos de abandono recurrentes. Estas herramientas muestran que muchos lectores no interactúan con todo el contenido, sino que lo escanean rápidamente, en lo que se conoce como lectura en diagonal. En este contexto, las secciones finales de un artículo —a menudo donde se encuentran las conclusiones, llamados a la acción o links relevantes— pueden quedar completamente invisibilizadas.

Los hábitos también varían según el dispositivo. Según estudios sobre consumo de medios, el smartphone no solo es el dispositivo más frecuente para acceder a contenidos digitales, sino también el más usado para consumo de video corto. Esto, combinado con interfaces verticales que promueven el scroll infinito, puede favorecer el consumo superficial o acelerado.

Si bien no hay datos duros sobre si el abandono es mayor en móviles que en escritorio, los expertos en UX coinciden en que la experiencia móvil exige una estructura mucho más eficaz: encabezados claros, párrafos breves y contenido jerarquizado visualmente.

Este fenómeno también habilita un concepto inquietante: la “ilusión de lectura”. A falta de métricas más profundas que evalúen comprensión o retención, muchos lectores pueden abandonar un texto sintiendo que lo han leído por completo. La estructura visual, el uso de destacados o simplemente haber permanecido “lo suficiente” en una página pueden alimentar esa percepción, sin que haya habido una lectura real ni una internalización del contenido.

Las organizaciones que generan contenidos técnicos o especializados —desde medios hasta marcas B2B o universidades— deben tomar esto en cuenta. No basta con publicar contenido profundo: también es necesario estructurarlo y distribuirlo de forma tal que invite a ser leído hasta el final.

De lo contrario, incluso el contenido más valioso corre el riesgo de quedar atrapado en la zona gris de lo parcialmente leído y lo prematuramente olvidado.

Ave fénix renaciendo de entre papeles y pantallas rotas, hecha de newsletters, ebooks y papers, como símbolo de resiliencia editorial

¿Y entonces… qué funciona?:
estrategias editoriales que sostienen el contenido profundo

Mientras titulares instantáneos, resúmenes automatizados y videos de 15 segundos conquistan las métricas del momento, algunos medios, marcas y profesionales han optado por remar en dirección contraria. Apostar por la profundidad hoy es un acto de intención y estrategia: implica entender a una audiencia específica, crear estructuras que den soporte al contenido técnico, y diseñar modelos de monetización y visibilidad pensados a largo plazo.

No se trata solo de una preferencia estética o ética, sino de una respuesta deliberada a nuevas formas de consumo, a modelos de negocio basados en la especialización, y a un paisaje informativo donde el contenido técnico y bien estructurado adquiere un valor renovado —incluso, estratégico— en tiempos de inteligencia artificial. Este capítulo se detiene en esos casos, en sus decisiones, en sus aciertos y en sus límites. No para idealizarlos, sino para entender qué aprendizajes ofrecen.

Modelos que funcionan:
profundidad con propósito

Contra el prejuicio de que “nadie lee”, existen múltiples proyectos que han demostrado que los lectores sí están dispuestos a comprometer atención y tiempo… cuando el contenido está bien hecho, es útil, y está alineado con sus intereses.

Algunos ejemplos destacados:

  • Politico Pro: una suscripción informativa para profesionales del lobby y la política estadounidense. Con boletines segmentados, reportes técnicos y actualizaciones legislativas, genera más de USD 100 millones anuales. El contenido no es viral, pero es imprescindible para sus lectores.
  • The Economist: ha logrado articular un ecosistema que trasciende sus artículos extensos. Podcasts, newsletters, briefings y hasta cursos en línea refuerzan la profundidad desde múltiples formatos.
  • El Confidencial (España): su cobertura económica y de investigación retiene audiencias técnicas con artículos largos, bien estructurados y basados en datos, sin comprometer la claridad narrativa.
  • Matthew Yglesias y Lenny Rachitsky: ambos ex Silicon Valley insiders con newsletters personales (Slow Boring y Lenny’s Newsletter) que monetizan contenidos técnicos extensos vía Substack. Ambos superan los 100.000 suscriptores, combinando profundidad, voz editorial y valor práctico.
  • Marcas como HubSpot, Red Ball Oxygen o McKinsey: han convertido sus blogs técnicos y ebooks en activos estratégicos. No solo rankean en buscadores, sino que educan al mercado y generan miles de leads por mes, especialmente en sectores B2B o industriales.

Lo común entre todos ellos: foco, recurrencia, estrategia editorial explícita y respeto por la inteligencia del lector.

Cómo monetizan
(y cuándo no)

El contenido extenso puede monetizarse o transformarse en retorno de múltiples maneras, pero requiere enfoque estratégico:

Monetización directa:

  • Suscripciones o membresías premium (como Politico Pro)
  • Venta de productos derivados: ebooks, informes técnicos, whitepapers, cursos, workshops
  • Publicidad contextualizada o patrocinios especializados
  • Servicios editoriales derivados: como hacen Axios o 070 Proyectos

Retorno indirecto:

  • SEO de largo aliento: el contenido técnico suele posicionarse mejor y más tiempo que piezas de actualidad.
  • Generación de leads cualificados: clave en contenidos gated (libros, informes, plantillas).
  • Construcción de autoridad temática: los medios y marcas que publican con profundidad se consolidan como referentes.
  • Reducción de CAC (Costo de Adquisición): el usuario llega educado al momento de compra.

💡 Importante: varios de estos modelos combinan ambas dimensiones (económica + reputacional), especialmente en industrias como logística, tecnología, salud o alimentos, donde la confianza y el conocimiento pesan más que la viralidad.

Fracasos comunes
y lecciones dolorosas

Muchos proyectos que intentan “apostar por lo profundo” fracasan. ¿Por qué?

No tienen una estrategia editorial documentada: la improvisación suele disfrazarse de “flexibilidad”, pero sin objetivos claros y procesos definidos, el contenido técnico pierde rumbo.

Desconexión entre contenido y audiencia real: se escribe desde el ego de la marca, no desde la necesidad del lector.

Falta de estructura y legibilidad: artículos sin jerarquía visual, sin visuales de apoyo, sin navegación clara.

Errores de distribución: se publica una sola vez sin pensar en distribución sostenida (redes, email, comunidades, SEO).

Desaprovechamiento de redes: copiar y pegar sin adaptar tono o formato al canal implica invisibilidad asegurada.

Más que una falta de interés por parte de la audiencia, muchos contenidos profundos fallan porque están mal ejecutados, mal pensados o mal distribuidos.

IA, visibilidad
y el costo de no publicar

La irrupción de herramientas de IA como ChatGPT, Claude o los AI Overviews de Google está redefiniendo no solo cómo se busca, sino quién aparece como fuente.

El contenido profundo tiene ventaja. ¿Por qué?

  • La IA necesita contenido estructurado y técnico para entrenarse: no se nutre de hilos virales, sino de artículos densos, bien jerarquizados y con evidencia.
  • Google y los grandes modelos priorizan fuentes con E‑E‑A‑T (Experiencia, Expertise, Autoridad y Fiabilidad): es decir, contenido humano, verificado, publicado de forma sostenida.
  • Ya hay medios que han licenciado sus archivos para ser fuente de entrenamiento: Financial Times, Le Monde, Axel Springer, entre otros. Las marcas que no producen contenido profundo quedan excluidas de este nuevo ecosistema informativo.

¿Qué pasa si no publicás contenido especializado?

  • No serás citado por la IA.
  • No aparecés en respuestas generativas.
  • Tu autoridad temática desaparece.
  • Pierdes posicionamiento en buscadores.
  • Te vuelves irrelevante ante tus potenciales clientes o lectores expertos.

En síntesis: no publicar también tiene un costo. Las marcas y medios que no documentan, analizan o profundizan, desaparecen de las conversaciones que importan.

Profesional frente a un mapa digital con rutas estratégicas, eligiendo el camino del contenido técnico profundo y bien planificado

Estrategias que hacen la diferencia:
del B2B a las redacciones híbridas

En medios, marcas técnicas y verticales B2B, algunas estrategias específicas están demostrando ser eficaces para sostener el contenido profundo:

  • Modelo híbrido de formatos
    Alternar entre piezas largas (guías, reportes, entrevistas extensas) y formatos sintéticos (resúmenes, carruseles, microvideos) permite capturar a distintos perfiles sin perder profundidad. Lo hacen bien The Economist con su resumen Espresso, y empresas como HubSpot o McKinsey con sus landing pages segmentadas por tipo de lector.
  • Contenidos “para IA”
    Crear artículos bien estructurados (con encabezados, tablas, fuentes verificables y lenguaje claro) no solo beneficia al lector humano, sino que aumenta la posibilidad de ser citado por modelos como ChatGPT, Perplexity o Google SGE. En el sector industrial, esto permite ser fuente primaria para respuestas automáticas, sin competir con la IA sino alimentándola.
  • Distribución estratégica y diseño narrativo
    No basta con publicar. Las marcas que logran sostener contenidos largos trabajan la distribución como parte de la estrategia: newsletters profundas, embudos de suscripción basados en e-books técnicos, posteos fragmentados en LinkedIn o incluso uso de IA para adaptar un mismo contenido a distintos canales.
  • Monetización de la profundidad
    Los modelos freemium, las membresías escalonadas o los accesos anticipados para informes especializados se consolidan como vía de monetización sin sacrificar calidad. En B2B, incluso, estos modelos permiten detectar leads altamente cualificados sin recurrir a contenido viral.

El espejismo de la profundidad:
lo largo no siempre es valioso

Una advertencia clave: publicar contenido largo no garantiza impacto ni autoridad. Hoy abundan textos extensos, llenos de “palabras clave” o párrafos inflados, que simulan profundidad sin ofrecer ideas nuevas, datos duros ni síntesis. Este tipo de contenido no solo no engancha: erosiona la confianza de los lectores expertos y de los modelos de IA entrenados para detectar sustancia.

La saturación de contenido artificialmente extenso ha hecho que muchas audiencias desarrollen una especie de radar de “humo editorial”. Identifican rápidamente el relleno, el clickbait encubierto, o la falta de propósito. Esto puede ser incluso más perjudicial que no publicar.

Lo que no hacer:
señales de advertencia

  • Publicar informes o artículos extensos sin fuentes claras ni datos verificables.
  • Repetir tópicos sin aportar nuevas perspectivas o casos aplicados.
  • Usar IA para inflar textos sin editar ni curar el output.
  • Forzar gated content en piezas de poco valor real.
  • Creer que más texto equivale a más autoridad.
Torre editorial construida con bloques de ebooks, artículos y estudios, sostenida por una estrategia sólida de autoridad y segmentación

En tiempos de exceso
gana quien construye arquitectura

La abundancia de información no ha desplazado al contenido profundo: lo ha vuelto más necesario que nunca. En un ecosistema digital absolutamente dinámico, donde la atención se fragmenta y los algoritmos priorizan lo inmediato, las marcas y medios que logran sostener contenidos largos, técnicos o densos no son rezagadas, sino pioneras de una nueva etapa del conocimiento digital.

Pero ese contenido no sobrevive por inercia. Lo hace porque está diseñado como un sistema, no como una ocurrencia aislada. Tiene arquitectura narrativa, estructura cognitiva, y propósito editorial.

No basta con escribir textos largos. Hay que pensar en cómo serán leídos, recordados, citados, distribuidos, adaptados y reusados. Cada elemento —el tono, los datos, el ritmo, la interfaz, la distribución y hasta el etiquetado— actúa como una pieza dentro de un mecanismo más grande: el de la construcción de autoridad en un mundo donde la sobreabundancia de textos no garantiza sentido.

La verdadera profundidad no está en la cantidad de palabras, sino en la capacidad de producir una experiencia de lectura que deje huella. Una pieza profunda es aquella que no solo se lee: se consulta, se guarda, se comenta, se comparte, se cita. Sobrevive a la ola del día y entra en la conversación de largo plazo.

Las marcas y medios que entienden esto, y actúan en consecuencia, no solo sobrevivirán a la era del scroll. Serán faros de referencia en un mar de ruido. Porque, incluso cuando todo parece fugaz, todavía hay lugar —y necesidad— para quienes apuestan por la sustancia, la precisión y la narrativa con raíz.

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